Nuestro mundo es muy
diferente al de hace cien o quinientos años. Esto es algo obvio y comúnmente
aceptado. Pero lo verdaderamente distinto, lo que hace nuestro mundo y nuestro
tiempo diferente de los anteriores, es el grado de desarrollo que ha alcanzado la
ciencia (hay quien habla del siglo XX como el siglo de la ciencia) y la
tecnología, o, para ser más exactos, la tecnociencia o el complejo
científico-tecnológico, como también se las conoce hoy. Bueno, ¿y qué? Alguien
podría decir que en nuestro tiempo la ciencia y la tecnología han avanzado
mucho, pero que eso es lo normal. Eso es lo que le ha sucedido a todas las
ramas del saber y a otras muchas actividades humanas como la música, la
pintura, el cine, la arquitectura, la poesía, etc. Que la ciencia y la
tecnología modernas hayan avanzado mucho no debería extrañarnos, es lo normal
cuando va pasando el tiempo; y no debería ser considerado como algo singular,
sucede en todos los ámbitos de la actividad humana. Sin embargo, en el siglo XX
ha sucedido algo muy especial con la ciencia y la tecnología que no ha pasado
con el resto de las actividades humanas. El desarrollo tecnocientífico ha sido
de tal magnitud y naturaleza que ha afectado radicalmente a las formas de vida
social. Alguien podría obviar el desarrollo en los diversos ámbitos del arte a
lo largo del siglo XX considerando que no ha afectado a su vida y quizá podría
tener razón. Pero nadie podría decir que no ha sido influido por el desarrollo
de la ciencia y la tecnología, porque éstas, a diferencia de otras actividades
humanas, se imponen a todo el mundo. Nadie que viva en sociedad puede escapar a
los efectos del desarrollo que se ha producido en la ciencia y la tecnología a
lo largo del siglo XX.
Independientemente de que
haya o no materias de ciencias y de tecnologías en las instituciones escolares
y de que existan o no en los currículos educativos contenidos específicos de
CTS, todas las formas de vida humana están y van a seguir estando afectadas por
la tecnociencia. Por ello, las relaciones entre la ciencia, la tecnología y la
sociedad deberían importar de una forma muy directa a todos los ciudadanos al
margen de las inclinaciones o afinidades personales que puedan sentirse ante
los contenidos que tratan.
La sociedad está invadida
por los productos de la ciencia y tecnología. De entrada, la vida social está
afectada por lo más obvio, lo que se ve todos los días y a todas horas: los
artilugios. El horno microondas, el teléfono celular, la televisión, la
Internet, las naves espaciales, los medicamentos, los automóviles, como tantas
otras cosas, son ejemplos de artefactos tecnológicos actuales. En esto de los
cacharros es donde quizá sea más evidente una de las ideas predominantes en
nuestro tiempo: la sociedad, o sea la gente, avanza. Suele considerarse que
cada vez se vive mejor porque cada vez se tienen más y mejores artefactos que
liberan a los seres humanos de los trabajos más duros y monótonos. De hecho,
los grandes avances tecnológicos de la medicina hacen que hoy se viva más y
mejor que antes (o, al menos, así es en las sociedades más desarrolladas,
porque en el tercer mundo, al que esos progresos de la tecnología sanitaria no
llegan en el mismo grado, se sigue viviendo igual de poco e igual de mal;
incluso dentro de los países más ricos sigue habiendo quienes viven en su
particular tercer mundo, sin que les lleguen los dones benefactores del
progreso tecnocientífico). Pero, además de los artefactos y productos
materiales derivados del desarrollo de la ciencia y la tecnología que
proporcionan bienestar a las sociedades (o a algunas sociedades) existen
también otros efectos de la tecnología y de la ciencia, no por menos visibles
menos importantes para la vida en sociedad. Hay también otras máquinas y otros
artefactos tecnológicos que no tienen una naturaleza material, pero que son tan
artificiales y tan construidos como los artilugios que se pueden ver y tocar.
Las llamadas máquinas sociales son también productos tecnológicos (en este
caso, de las tecnologías de organización social) que afectan a la vida en
sociedad de manera tanto como los artefactos tangibles. En una fábrica o en un
ejército, además de las máquinas diseñadas para la producción y la destrucción,
respectivamente, hay otras máquinas también artificiales y no menos importantes
que las cadenas de montaje o las armas para el logro de los fines de cada una
de esas instituciones. El reparto de jerarquías y la organización de las
funciones entre obreros, ingenieros, supervisores y administradores en el caso
de la fábrica o entre soldados, mandos y estrategas en el del ejército, son tan
importantes o más que la calidad de los artilugios materiales de los que se
disponga. Pero no son éstos los únicos ejemplos de máquinas sociales o
tecnologías de organización social que afectan cotidianamente a nuestras vidas.
Los restaurantes de comida rápida, las iglesias, los lugares de diversión, los
centros comerciales y hasta las mismas escuelas son escenarios artificiales en
los que las tecnologías de organización social producen notables efectos sobre
las formas de vida de los seres humanos. Esta frontera difusa entre las
tecnologías materiales y la vida social sólo se percibe cuando se amplían los
conceptos de tecnología y de artefacto tecnológico a las diversas formas
posibles de organización social, las cuales son tan artificiales, tan
artefactuales, como los objetos materiales. Así, lo tecnológico es también lo
que transforma y construye la realidad social.
La importancia de la
tecnociencia en la vida social actual podría seguir mostrándose indefinidamente
a través de numerosos ejemplos más o menos evidentes para todos. ¿Quién no ha
oído hablar de clonación, de alimentos transgénicos, de vacas locas, de viajes
espaciales o de genes que supuestamente determinan la obesidad o la
inteligencia? Los periódicos sorprenden todos los días con noticias sobre estas
cuestiones y tanto la televisión como el cine prometen mundos futuros donde
todo será transformado por los efectos del desarrollo de la ciencia y la
tecnología.
Sin embargo, al mismo tiempo
que hay quienes auguran el advenimiento en el futuro de un mundo feliz gracias
al progreso tecnocientífico, cada vez más gente es partidaria de una vuelta a
la naturaleza prescindiendo de todo lo artificial y lo tecnológico. En el cine
hay muchas películas futuristas en las que aparecen fantásticas tecnologías que
solucionarán todos los problemas, pero también en muchas otras películas se
presenta, de forma más pesimista, un futuro en el que las tecnologías
provocarán graves catástrofes como guerras hipertecnológicas o desastres
naturales provocados, voluntaria o accidentalmente, por la actividad
tecnológica descontrolada o por el desmedido afán de algunos científicos locos.
Lo único que parece unir a
esos dos puntos de vista, optimista y pesimista, sobre la tecnociencia es que
tanto los tecnófilos (que piensan que todos los problemas serán resueltos por
los avances científico-tecnológicos) como los tecnófobos (que consideran que
todos los problemas son provocados por las tecnologías) entienden que la
sociedad y los individuos poco pueden hacer ante la ciencia y la tecnología,
como no sea admirarlas o detestarlas. Así, tecnoapocalípticos y tecnointegrados
coinciden en que los ciudadanos no pueden intervenir en la orientación del
desarrollo de la ciencia y la tecnología ya que tales decisiones están en manos
de los expertos en ciencia y tecnología.
Frente a estas imágenes
tópicas y radicalizadas de la ciencia y la tecnología, la perspectiva CTS
defiende que las relaciones de la sociedad con ellas no deben reproducir las
tradicionales relaciones de los profanos con la sagrada divinidad (sea ésta un
dios -para los tecnófilos- o un demonio -para los tecnófobos). La aproximación
CTS a las relaciones entre ciencia, tecnología y sociedad pretende introducir
una racionalidad laica al analizar la interacción entre esos tres ámbitos.
Favorecer una percepción más
ajustada y crítica de los temas de ciencia y tecnología, así como de sus
relaciones con la sociedad, será el primer objetivo de la perspectiva CTS. El
segundo, de carácter más práctico, será promover la participación pública de
los ciudadanos en las decisiones que orientan los desarrollos de la ciencia y
la tecnología a fin de democratizar y acercar a la sociedad las
responsabilidades sobre su futuro.
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