martes, 2 de junio de 2015

SESION NO. 6 ENTRE LA CIENCIA Y LA ESCUELA





La época actual enfrenta un proceso de globalización evidente en el  aceleramiento en las comunicaciones, el flujo en las finanzas y la economía, así como el creciente debilitamiento de las fronteras que separan a los países.  En este sentido se habla de una globalización económica, social, política y cultural, ante la cual los países se reorganizan en el intento de convertirse en fuerzas económicas y políticas. Ello ha provocado grandes transformaciones en las formas de producción, en las relaciones de los individuos, así como en las distintas formas de pensar el mundo. En este marco, se destaca la  competitividad como uno de los retos fundamentales de la globalización.  

Nuestro tiempo es símbolo de cambios importantes en las disciplinas que conforman nuestros campos de conocimiento que las han llevado a resignificar sus propósitos, a explorar otros terrenos de estudio y a reconsiderar la forma en cómo se construye el conocimiento. Lo dijo hace un tiempo el filósofo Kant lo importante es saber ¿qué puedo conocer?, ¿qué debo hacer? y ¿qué puedo esperar? Cuestiones que han llevado a pensar los problemas desde su multidimensionalidad. 

Por otro lado, con la denominada tercera revolución industrial se han  provocado cambios vertiginosos. Los últimos años del siglo pasado y el principio de éste,  se han experimentado transformaciones que han llamado la atención de numerosos estudiosos, incluidos en ellos, filósofos, científicos, psicólogos, y educadores,  que han inaugurado nuevos campos de investigación tanto para las ciencias naturales como sociales. 

Con las nuevas tecnologías de la comunicación, se dice que entramos en la era de la información, pero en realidad deberíamos estar hablando de la era de la evaluación de las informaciones y al mismo tiempo construir criterios de acercamiento a ésta para separar la información de la inforbasura (Marina, 2000). A la par del auge de las nuevas tecnologías en el ámbito educativo surgen preocupaciones orientadas a las formas de saber y se inauguran debates de interés en las ramas de la epistemología.  

Al mismo tiempo en que se globaliza la economía, las comunicaciones y las formas culturales, se ha acentuado  la polarización entre los países y con ello se han incrementado las desigualdades en la producción científica y tecnológica, lo cual ha provocado lo que se ha llamado la “brecha digital”  Lo más preocupante es que a la par de las desigualdades en el ámbito de la ciencia y la tecnología, se haya originado una “brecha cognitiva”, que sitúa  a los países en una situación de desventaja aún mayor. Como lo señala Morín, aunada a una pobreza material en la que se encuentran numerosos excluidos hay también una pobreza del alma y de la psiquis. El desarrollo humano entonces debe estar definido por la integración y el diálogo permanente entre los procesos tecnoeconómicos y las construcciones éticas para el desarrollo humano. En este sentido es que se habla hoy de humanizar el desarrollo.  En este marco, resurge la ciencia, la técnica y la economía como áreas indispensables para el desarrollo, sin embargo, no pueden considerarse éstas de forma aislada a la ética. Es necesario recuperar los juicios de valor y no solamente los juicios de hecho.   

Generalmente, hablar de ciencia nos remite a la dicotomía entre ciencias sociales y ciencias naturales como dos mundos separados, acentuados por la forma en que se formaliza su aprendizaje y en función de la estructura napoleónica, aún vigente en nuestras Universidades. En ellas existen entidades académicas por “áreas” del conocimiento en las cuales se prioriza y “enseña” lo que corresponde: una ciencia a la vez. 

Por otro lado, desde la escuela, se considera que el quehacer científico es cuestión de aficionados dispuestos a formular respuestas a preguntas que “otros plantean” y se observa como una actividad ajena a la vida escolar. Lejos se está de concebir a la ciencia como andamio o salvavidas en la vida cotidiana. La realidad tal cual, bruta, nos es inhabitable, requerimos de una realidad interpretada para poder sobrevivir y una de las estrategias y formas de interpretación es la ciencia.  

El quehacer científico está matizado por la libertad de dudar, la construcción de oportunidades abiertas y la excitación por descubrir. Y aunque se aduce que estos elementos son atributos de la mente, en realidad son características del actuar cotidiano. Cada acto del sujeto está relacionado a pensamientos, conocimientos y sentimientos. El conocimiento científico, como toda construcción humana, está plagada de subjetividad, desde el momento mismo de construir el problema de investigación. Tal como Cereijido (1997:43) lo señala, en el quehacer científico: 

…la información recogida no se reduce a la captada concientemente ni mucho menos a la medible cuantitativamente, sino que incluye datos surgidos de olores, tibiezas, humedades, sabores que se incorporan sin previa explicación, que son provocados por feromonas y coscorrones y, por supuesto, la que surge de las emociones asociadas. Luego, pintar, esculpir, dibujar, hacer música, cantar, bailar, jugar, practicar deportes, escribir literatura, bromear, son formas de explorar y experimentar que forman parte esencial del investigar y hacer ciencia.  

Así, el quehacer científico sintetiza las manifestaciones del homo sapiensdemens, a partir de los cuales, se construyen modelos de realidad. Más que el consciente, es el inconsciente el que está presente, Quien califica a la razón como atributo de la ciencia no ha vivido el proceso. 

Ahora bien, la ciencia es un quehacer humano, pero no todos están en condiciones y posibilidades de hacerlo. Las tareas científicas  tienen sus exigencias. Se transita por caminos escabrosos que implican preguntas, asombros, desconciertos, incertidumbre. En este proceso de aproximaciones y retornos reflexivos, el indicio y la perplejidad ante el misterio son indispensables. Tal como lo señala Feynman, (2000:31), el premio al “término” del camino es el placer de descubrir, la excitación del descubrimiento y el observar que otros utilizan eso que se ha construido. 

La relación entre quehacer científico y educación es legítima, pero no se pueden ignorar las carencias y errores conceptuales de los involucrados (llámense maestros en el contexto de la escuela y periodistas o divulgadores en el contexto social), así como los ambientes poco propicios para hacer presente la ciencia en la sociedad y en las instituciones. Generalmente, se carece de estrategias de popularización de la ciencia y la tecnología y no se han tendido puentes entre el mundo de la ciencia y otros mundos (Sánchez Mora, 2000). Se ha ignorado que la ciencia se gesta en el marco de procesos sociales y los maestros hemos sido en ocasiones malos traductores del quehacer científico. Esto se debe en parte  a que se carece de una cultura científica y, en consecuencia, no se encuentran oportunidades para reintegrar la ciencia a la cultura como una forma simbólica de comprender el mundo. 

Hidalgo Guzmán (2000) refiere a una metáfora: la escuela como comunidad científica en la cual el logro del conocimiento exige reflexión, investigación y la prueba en la experiencia: se trata de construir y no de definir. 

Hacer presente la ciencia en la sociedad y en la escuela ( M. Hazen y Trefil, 1999) se justifica porque a través de la formación científica básica se participa de los siguientes logros: 

• Se comprenden las transformaciones del mundo a través de que se cuenta con información inteligible para participar en la toma de decisiones, ya que la ciencia es un componente esencial de la cultura. El conocimiento científico otorga conocimientos necesarios para entender los problemas públicos que aquejan al ser humano. La participación social y la construcción de una democracia no son posibles si se cuenta con sociedades analfabetas científica y tecnológicamente. 
• A nivel individual, la participación inteligente en la vida personal necesita reconocer  y evitar algunos fracasos cognitivos en los cuales caemos frecuentemente. El ciudadano con sentido común actúa, toma decisiones y qué mejor que lo haga con fundamento en el conocimiento y la reflexión. Sin embargo, en la mayoría de las ocasiones, lo que fundamenta nuestro actuar y la toma de decisiones no es la razón, es el dogmatismo o el prejuicio (cuando se afirma y se está seguro de cosas que no se saben). O en ocasiones, nuestra base son  las supersticiones y en ellas mantenemos la supervivencia de las creencias muertas. O peor aún, cuando el fanatismo es nuestra bandera y sólo se reconocen verdades absolutas desde las cuales se explica el mundo. En este sentido, el conocimiento científico funciona como la vacuna que nos inmuniza de la estupidez. (Marina, 2004) 
• En el nivel escolar, la ciencia permite que las preguntas cotidianas del alumno sean traducidas en problemas para construir aprendizajes. El centro de partida es el alumno con sus expectativas e intencionalidades y las experiencias de aprendizaje son concebidas en términos de tareas de investigación. Cabe hacer mención que no se trata sólo de “aprender” las biografías de los grandes científicos, aunque son interesantes. Tampoco es el caso recitar de memoria sus teorías. Lo importante es recrear el quehacer científico a través de acontecimientos y preguntas que forman parte de la vida cotidiana. En este aspecto, el maestro tiene un gran reto: fungir como acompañante cognitivo a través del diseño de estrategias que contribuyan a la construcción del conocimiento y a la comprensión de “lo real”.

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